El asombro de los buscadores

¿Qué esperaban los magos encontrar en Belén? Algo muy diferente de lo que en realidad encontraron. Su fe de aventureros había sufrido ya un duro golpe al llegar a Jerusalén. Esperaban encontrarse la ciudad en fiestas por el nacimiento del libertador. Y allí no había más que ignorancia y miedo.

 

Pero su fe era demasiado fuerte para quebrarse por este primer desconcierto. Y siguieron. Ya no esperaban encontrarse a un rey triunfador —esto se habría sabido en Jerusalen— pero si estaban seguros de que algo grande señalaría aquel niño. 

 


(...) Pero allí estaba aquel niño, fajado en pañales mas humildes que cuantos conocían. Allí estaban sus padres, aldeanos incultos, malvestidos y pobres Allí aquella cueva (o aquella casa, si es que José había abandonado el pesebre) chorreando pobreza. Ellos, nobles y grandes, acostumbrados a mirar al cielo y a visitar las casas de los poderosos, quiza nunca habían conocido pobreza como aquella. Se habían incluso olvidado de la miseria humana, de tanto mirar a las estrellas. Pero ahora la tocaban con sus ojos, con sus manos Y aquel bebe no hablaba. No había rayos de oro sobre su cabeza, no cantaban los angeles, no fulgían sus ojos de luces trascendentes Solo un bebe, un bebe lloriqueante.

 

Luis Cernuda ha descrito perfectamente su desconcierto: 


Esperamos un Dios, una presencia
radiante e imperiosa, cuya vista es la gracia
y cuya privación idéntica a la noche
del amante celoso sin la amada
Hallamos una vida como la nuestra, humana,
gritando lastimosa, cuyos ojos miraban
dolientes, bajo el peso del alma
sometida al destino de las almas,
cosecha que la muerte ha de segar

 

El esperado ¿podía ser «aquello»? Disponía de estrellas en el cielo ¿y en su casa no tenia mas que el olor a estiércol? Ahora entendían que en Jerusalen nadie supiera nada. Lo que no entendían era todo lo demás. Quiza habían venido también un poco egoistamente. Venían, si, con fe, pero también, de paso, a conseguir ponerse a bien con quien iba a mandar en el futuro ¿Y «este» iba a ser el poderoso vencedor? Los reyes no son asi, los reyes no nacen asi ¿Y Dios? Habían imaginado al dios tonante, al dios dorado de las grandes estatuas. Mal podían entenderlo camuflado de inocencia, de pequenez y de pobreza.

 

La madre y el bebe sonreían, si, y sus sonrisas eran encantadoras. Pero ¿que vale en el mundo la sonrisa? No es moneda cotizable frente a las espadas. Si este era Dios, si este era el esperado, era seguro que venia para ser derrotado. Nacido asi, no podía tener otro final que una muerte horrible, lo presentían. Incluso les parecía adivinarlo en la mirada de la madre que, tras la sonrisa, dejaba adivinar el terror a la espada.



 


El verdadero Dios


Pero fue entonces cuando sus corazones se reblandecieron. Sin ninguna razón, sin ningún motivo «Supieron» que aquel niño era Dios, «supieron» que habían estado equivocados. Todo de pronto les pareció clarísimo. No era Dios quien se equivocaba, sino ellos imaginándose a un Dios solemnísimo y pomposo. Si Dios existía, tenia que ser «aquello», aquel pequeño amor, tan débil como ellos en el fondo de sus almas. Sus orgullos rodaron de su cabeza como un sombrero volado por el viento. Se sintieron niños, se sintieron verdaderos. Se dieron cuenta de que en aquel momento comenzaban a vivir. E hicieron algo tan absurdo —iy tan absolutamente lógico'— como arrodillarse. Antes de este día se habían arrodillado ante la necedad del oro y ante la vanidad de los violentos. Ahora entendían que el único verdadero valor era aquel niño llorando.


Entendían lo que siglos después dina Jorge Guillen

Dios no es rey, ni parece rey
Dios no es suntuoso ni neo
Dios lleva en si la humana grey
y todo su inmenso acerico

 

Si, Dios no podía ser otra cosa que amor y el amor no podía llevar a otra cosa que a aquella caliente y hermosa humillación de ser uno de nosotros. El humilde es el verdadero. Un Dios orgulloso tenia que ser forzosamente un Dios falso. Se arrodillaron y en aquel mismo momento se dieron cuenta de dos cosas de que eran felices, y de que hasta entonces no lo habían sido nunca. Ahora ellos reían, y reían la madre, y el padre, y el bebé. 


Abrieron sus cofres con vergüenza. De pronto, el oro y el incienso y la mirra les parecían regalos ridiculos. Pero entendían también que poner a los pies del niño aquellas tonterías que le habían traído era la única manera en que podían expresar su amor. 

 

Cuando a la noche el ángel (o la voz interior de sus conciencias) les aclaro que Herodes buscaba al niño para matarlo, no dijo nada que ellos ya no supieran. Habían entendido muy bien que ante aquel niño solo cabían dos posturas coherentes: o adorarle o intentar quitarlo de en medio. Y Herodes no era un hombre como para caer de rodillas.  Se levantaron, entonces, en la noche y se perdieron en las sombras de la historia.

 

La leyenda —que nunca se resigna a la profunda sencillez de la verdad— ha inventado una cadena de prodigios... 

 

 

 

 

José Luis Martín Descalzo 

Vida y Misterio de Jesús de Nazareth I

Pag 155-158

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