Evangelio según San Juan 2,1-11

P Sebastián García | 07/01/2016 | 2.462 vistas

Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino.» Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía.» Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga.»


Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» Así lo hicieron.


El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.»


Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

 

Palabra de Dios

 

 


P. Sebastían García sacerdote de la congregación Sagrado Corazón de Jesús de Betharrám

 

 

 

Todo el evangelio de hoy transcurre en una fiesta de casamiento. Una fiesta que en determinado momento hace crisis porque falta el vino.

 

El vino de alguna manera era el alma de la fiesta.  Las fiestas duraban días y se invitaba a la gente de los pueblos también cercanos, familiares que venían desde lejos. Y una manera de festejar y de agasajar a esas personas era también dándoles de beber. Entonces surgió ahí la previsión de la Virgen que va decirle a su hijo Jesús que se acababa el vino.  Si se acaba el vino en la fiesta significa que se acaba la alegría, que se acaba de compartir, que pareciera ser que no hay más nada que acompañe el festejo de la vida que se está celebrando ....  Entonces de ahí la preocupación de la Virgen que estos novios que están casándose no se queden sin una fiesta merecida y sin que la gente que viene de lejos encuentre motivo para poder festejar.

 

Sin embargo también podemos hacer una lectura mucho más profunda del Evangelio identificando el vino, como lo hace Juan en todo su Evangelio, con la sangre de Cristo. Es decir hay una advertencia de la Virgen María en decirle a Jesús: “Mirá que estos no son capaces por sí mismos y por sus propios méritos de hacer algo significativo, cuestionable, o dar sentido definitivo a la vida de cada uno de ellos”. Por eso es muy simbólico lo que hace Jesús: manda a llenar seis tinajas de 100 litros de agua hasta que casi rebalsen. Esas tinajas estaban para la purificación. Y el mandato de Jesús es que se llenen de agua hasta el tope. Y ese es el agua que justamente que Jesús transforma en vino.

 

Seguro que en el lenguaje simbólico es muy fuerte esto. Es decir nosotros en cuanto hombres, entre varones y mujeres somos solamente capaces de poder llenar tinajas de agua. El milagro lo hace otro. Es decir aquel que puede convertir el agua en vino; es decir aquel que puede purificar, sanar, elevar, restaurar nuestra vida, en definitiva hacer el milagro para que algo que está destinado a la limpieza pase se pase a ser un elemento de fiesta y se comparta y haya alegría y haya comunión es Jesucristo.

 

Es un poco como pasa en la misa con el ofertorio: nosotros somos capaces de presentar en el altar solamente pan y vino. Hasta ahí llegamos. No podemos más. Hasta ahí llega nuestro mérito nuestras buenas intenciones, buenas obras, incluso nuestros buenos deseos y anhelos del corazón. Para que haya cuerpo y sangre de Jesús tiene que haber milagro. Pero me parece importante esto: no hay milagro si no hay nada para ofrecer.

 

Entonces el signo de las bodas de Caná es mucho más profundo de lo que uno piensa. No es solamente la parejita de novios que quiere seguir festejando su boda y no tiene qué darle de beber a sus invitados Es el signo de lo que va a ser Jesús en su misión aquí en el mundo: dar sentido a la vida de las personas. Dar sentido a aquel que está perdido. Dar una oportunidad a aquel que está buscando un rumbo, un Norte para su vida.

 

El sentido del Evangelio de hoy es profundamente simbólico. A veces el agua que no tiene gusto, el agua que la usamos para la limpieza, el agua que muchas veces tanto necesitamos y que hace estragos de alguna manera, ese agua es transformada en vino,  es transformada en celebración, en alegría y en comunión. Porque Jesús hace el milagro.

 

De la misma manera nosotros queremos pedirle a Jesús que haga eso nuestra vida. Nosotros tenemos mucha agua muchas veces.  Agua en sentido simbólico. Muchas veces andamos sedientos. Muchas veces necesitamos calmar nuestra sed. Entonces se lo pedimos a Jesús:  “Jesús transformá nuestra agua en buen vino para que nuestra vida sea fiesta. Y no solamente para nosotros, si no para ser compartido con todos nuestros hermanos…”

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