Evangelio según San Marcos 1, 40-45

P Sebastián García | 14/01/2016 | 2.675 vistas

Se acercó a Jesús un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado.» En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.

 

Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: «No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio».

 

Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a Él de todas partes.

 

 

 

Palabra del Señor

 

 


P. Sebastían García sacerdote de la congregación Sagrado Corazón de Jesús de Betharrám.

 

 

 

 

 

El evangelio de hoy nos presenta el encuentro entre Jesús y un leproso, que aparece anónimo. Y aparece para pedirle ayuda, que incluso cae de rodillas y le dice a Jesús: “si quieres, puedes purificarme”

 

Hay algo que es revolucionario en el evangelio de hoy y que tiene que ver con el gesto que hace Jesús Porque Jesús, dice el Evangelio, conmovido, extendió la mano y lo tocó. Y eso es lo revolucionario...

 

Los leprosos eran gente que vivía marginada, es decir, tenían que vivir fuera de la ciudad. Vivían generalmente en cuevas donde se protegían del frío o el calor. Tenían que estar vendadas las partes del cuerpo en la que sufría la lepra. Y tenía que llevar una campana o algo que hiciera las veces de algún sonajero que los identificara a la distancia. Y que en presencia de alguna persona Tenían que gritar: “¡Leproso soy, leproso soy!” Demás está decir que se consideraba lepra a toda enfermedad de la piel que se pareciera a escamas; no necesariamente a la lepra propiamente hablando como enfermedad.

 

Entonces estas personas que están fuera de la ciudad, estas personas que son marginadas, estas personas que están excluidas completamente de la vida sociopolítica religiosa del mundo, una sale al encuentro de Jesús. Y Jesús no pasa de largo. Él también puede tener este recurso de curar la distancia, desde algo lejos decirle: “bueno, presentate al sacerdote”, “que presente la ofrenda”, “anda ver a fulano…” Sin embargo Jesús rompe una barrera que es la barrera de la indiferencia Jesús se conmueve se acerca y lo toca. No importa a Jesús contraer la lepra. Muy probablemente no. Pero lo que vence Jesús es algo que es muy difícil de vencer en esta situación actual y en nuestra sociedad de hoy en día que es el prejuicio.

 

La única pregunta que Jesús no se hace es la más importante que no hay que hacer: “¿qué pasa si lo toco?” No pasa nada. Cuando yo me pregunto qué es lo que pasa ahí empieza el prejuicio. Y ahí empieza la distancia y ahí empieza el miedo.

 

Hablando una vez con una persona que estaba en situación de calle me decía: “Padre, lo que más me duele a mí, no es tanto no conseguir comida o no conseguir algo para beber; no conseguir algo de ropa… lo que me mata es que la gente sigue de largo. No me mira. No me tiene en cuenta…”

 

Yo creo que es lo que el papa Francisco entiende como globalización de la indiferencia. Muchas veces corremos el riesgo de que nuestro corazón se vaya convirtiendo poco a poco en piedra Y pasamos inadvertidos frente hermano que hoy no tiene lepra pero que están tirados en las calles que están consumidos por el paco, que están tirados en la esquina consumidos por el alcohol Jóvenes que no tienen oportunidades y que están malgastando su vida en cualquier tipo de vicio. Esos son los leprosos de hoy. Es la chica que no le quedó otro recurso que salir a prostituirse porque nadie le habló el sentido de la vida o porque fue abusada de chica. Es ese joven que no tiene otro recurso que salir a vender droga porque piensa que va a hacer plata y así va ser reconocido en su barriada. Esos son los leprosos de hoy. Esos son leprosos que claman.

 

A cada uno de nosotros, que nos acerquemos y que la pregunta que no nos podemos hacer de ninguna manera es “qué pasa si me acerco, qué pasa si lo toco, qué pasa si le hablo…” Evidentemente sin poner en riesgo nuestra vida. Pero tenemos que salir al encuentro. Tenemos que vencer con la fuerza del amor esta globalización de la indiferencia.

 

Porque lo hizo Jesús, así también nosotros lo queremos hacer.

 

Hermanos y hermanas hasta el próximo Evangelio y un abrazo en el Corazón de Jesús.

 

 

Fuente: Radio María Argentina

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