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Evangelio según san Juan 10, 11-18

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Volver a nacer...

Sí…, volver a nacer. Aunque tengas que confesar, como hizo el asombrado Nicodemo (Jn. 3), que es difícil volver a nacer cuando uno ya es grande.

 

Porque para “volver a nacer” has de morir a muchas de tus pequeñeces, y se te exige que estés dispuesto a recomenzar, cambiar de vida, cambiar de criterios, convertirte, “salir de tu tierra”, abrirte a la gratuidad, a la ternura, al Amor y a lo imprevisible del Espíritu.

 

Para nacer de nuevo has de aceptar vivir a la intemperie vital y dejarte llevar por la fuerza del viento del Espíritu, sin poner impedimentos al crecimiento de vida que viene de Él.

 

Volver a nacer es reencontrarte con el deseo de ser de Él, de pertenecerle, de amarle como nunca pensaste que se podía amar, de dejarte enamorar de Él y por Él, y de permitir que resuene incesantemente en tu alma la gran palabra, entrañable: ¡Déjate amar, asumiendo la disponibilidad de María!

 

Sí, déjate amar y abre tu vida al amor transformante de Dios. Y acepta todo lo que ello te exija. En María tienes un testimonio vivo de esta disponibilidad explícita que la Madre del Señor vivió a lo largo de toda su vida.

 

Nacer de nuevo es abrir tu alma y tu vida al horizonte de la luz del Amor, y reencontrarte con lo que ha de ser el alma de tu entrega, que es el abandono incondicional en las manos del Padre, con una gran confianza, sin miedos, aceptando su voluntad para ti, hasta las últimas consecuencias.

 

Nacer de nuevo es ser capaz de morir a ti mismo para crear en tu vida sendas nuevas para el Amor. Para nacer de nuevo, has de dejar tus cálculos egoístas, has de abandonar tu mediocridad, también la superficialidad y decidirte a vivir a fondo.

 

Y, ya que lo dejas todo por Él, y quieres dar la vida por amor, dala de verdad. Abre tu vida a la invasión de su Amor. Piensa que no se te pide otra “heroicidad” que la de ser conscientemente fiel en el día a día. Huye de la instalación cómoda. Huye de la rutina. No te dejes vencer por el cansancio, ni por la decepción.

 

Evita siempre la crítica destructiva, la murmuración. Evita todo lo que sea contagiar posibles motivos de tristeza. Que renazca en ti tu sentido de pertenencia a la Iglesia de Jesús.

 

Dalo todo. Date del todo. Renueva cada día la ofrenda que un día le hiciste al Señor. Sé generoso con Dios, y con los hermanos. Y vive esta donación personal tuya con un sincero sentido oblativo: lo haces por Cristo, con Él, en Él y como Él… Cada día en la misa tendrás ocasión de renovar tu ofrenda hecha gesto de amor.

 

No te contentes con hacer lo que siempre se ha hecho. Busca ofrecer a los de tu alrededor, cada día, nuevos motivos de alegría y esperanza. No te limites a dejarte llevar por el devenir de la vida. Acepta con paz que Dios se vaya manifestando en el tiempo, pero no eludas la tarea que Él pone en tus manos.

 

Tampoco caigas en la tentación de intentar nacer de nuevo tú solo. Reconoce siempre la necesidad de “volver a nacer” en comunión con tus hermanos, aunque pueda parecerte que es más lento.

 

Vive, en todo caso, el día a día con renovada ilusión. Cree en la creatividad renovadora del Amor. No dejes que la rutina desvirtúe el sentido de tu vida.

 

Pero arriésgate a seguir en este camino de donación total por Amor. Decídete a vivir siempre abierto al don del Espíritu. Nacer de nuevo es contagiar la ilusión de vivir. Porque desde la fe en Cristo Jesús ves lo que realmente hay, pero eres capaz de reaccionar creyendo en la fuerza de su resurrección.

 

 

Fuente: Abandono.com

 

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