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Las preocupaciones de la vida y el temor a fallar- Jacques Philippe

La causa más común por la que podemos perder la paz es el temor suscitado por ciertas situaciones que nos afectan personalmente haciendo que nos sintamos amenazados: aprensión ante las dificultades presentes o futuras, temor de fallar en algo importante, de no llevar a cabo tal o cual proyecto, etc. Los ejemplos son infinitos e inciden en todos los aspectos de nuestra vida: salud, vida familiar y profesional, conducta moral o la misma vida espiritual.


De hecho, en cada ocasión se trata de un bien de naturaleza variable, material (dinero, salud, fuerzas), moral (aptitudes humanas, estima, afecto hacia determinadas personas) o incluso espiritual; un bien que deseamos o consideramos necesario, que tenemos miedo de perder, de no conseguir, o del que carecemos realmente. Y la inquietud que nos provoca su falta, o el temor de fallar nos hacen perder la paz.

 

¿Qué es lo que nos permitirá permanecer siempre en paz frente a esta clase de situaciones? Ciertamente no bastan los recursos ni la sabiduría humana, ni sus cautelas, previsiones, reservas y seguridades de todo tipo. ¿Quién puede garantizarse la posesión de
un bien, cualquiera que sea su naturaleza? No se consigue a base de cálculos y de preocupaciones. «¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?» (Mt 6, 27). El hombre nunca está seguro de obtener lo que desea; todo lo que tiene entre sus manos puede desaparecer de un momento a otro; no cuenta con garantía alguna en la que pueda apoyarse plenamente... Y este no es realmente el camino que nos indica Jesús. Al contrario, nos dice: «Quien quiera salvar su vida la perderá» (Mt 16, 25).


Se puede decir que el medio más seguro de perder la paz es precisamente tratar de asegurar la propia vida con la única ayuda de medios humanos, de proyectos y decisiones personales, o apoyándose en otro. Dada nuestra incapacidad, la limitación de nuestras fuerzas, la imposibilidad de preverlo todo o las decepciones que pueden procurarnos las personas con las que contamos, el que trata de «salvarse» así se debate entre tormentos e inquietudes.


Para mantener la paz en medio de los avatares de la existencia humana, no tenemos más que una solución: apoyarnos únicamente en Dios con una confianza plena en Él, como ese «Padre del Cielo que sabe que necesitáis todas esas cosas» (Mt 6, 32).

 

Evidentemente, Jesús no prohíbe que hagamos todo lo necesario para ganar nuestro sustento, para vestirnos y cubrir todas nuestras otras necesidades, pero quiere librarnos de las preocupaciones que nos atormentan y nos hacen perder la paz.

 

Este es nuestro gran drama: el hombre no tiene confianza en Dios, y entonces, en lugar de abandonarse en las manos dulces y seguras de su Padre del Cielo, busca por todos los medios arreglárselas con sus propias fuerzas, haciéndose así terriblemente desgraciado.


¡Qué injustificada es esta falta de confianza! ¿No es absurdo que un hijo dude así de su Padre, cuando ese Padre es el mejor y más poderoso que puede existir, cuando ese Padre es el Padre del Cielo?
Sin embargo, todos llegamos al mundo marcados por esta desconfianza: eso es el pecado original. Y toda nuestra vida espiritual consiste precisamente en un largo proceso de reeducación con objeto de recuperar, por la gracia del Espíritu Santo, esa confianza perdida que nos hace decir de nuevo a Dios: ¡Abba, Padre!

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