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Mi Hermano el Jesuita

Cierta vez, finalizando una experiencia de Ejercicios Espirituales (EE), le comentaba a mi acompañante lo cansado que me sentía, como si hubiera jugado varios partidos de fútbol seguidos y sin embargo estaba terminando de rezar. Todavía recuerdo cuando me decía que son “tantos” los movimientos interiores que se producen en el alma durante los EE que realmente uno termina agotado. Estos últimos días me he sentido de esa manera y no justamente por hacer deportes ni EE, sino porque fueron tantas las mociones interiores vividas que todavía siento que de a poco voy procesando y ellas van decantando.

 

El sábado pasado, 22 de julio, en la ciudad de Santa Fe se ordenó de sacerdote mi hermano Alfredo. ¡Qué orgullo! y es que son tantos los recuerdos, tantas las experiencias compartidas juntos que hoy lo veo celebrando la Eucaristía y me llena de emoción (en ocasiones hasta las lágrimas). Claro, ¿Cómo no sentirme agotado? Si mi corazón no para de latir. ¿Cómo no sentirme agotado? Si mi cabeza me recuerda misiones, encuentros, Caminos Ignacianos.  ¿Cómo no sentirme agotado? si en mi interior es como si reviviera cada experiencia de encuentro con Cristo y mis hermanos. “Experiencia”, algo propio de la espiritualidad ignaciana, porque el mismo Ignacio experimentó primero la misericordia de Dios. Mi hermano se animó, experimentó, buscó y halló la voluntad de Dios en su vida. Yo me entregué, experimenté, busqué y encontré mi tesoro, mi familia, desde la cual tratamos día a día de encontrar a Dios en todas las cosas.

 

En vísperas de la fiesta de San Ignacio podemos preguntarnos: ¿Cuál fue mi experiencia de encuentro con Dios? ¿Me doy el tiempo para encontrarme con El? ¿Me animo a buscar? ¿Estoy dispuesto a encontrar (me)?

 

Pidamos al Señor que a través de San Ignacio seamos dóciles a su voluntad para Mayor Gloria de Dios.

 

Claudio Acevedo.-

 

30 de julio de 2017.-

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