Evangelio según san Mateo 14, 22-33

P Sebastián García | 13/08/2017 | 3.697 vistas

Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.

 

    La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.

 

    Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman».

 

    Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua».

 

    «Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

 

    En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».


 
Palabra del Señor

 

 


 

P. Sebastían García sacerdote del Sagrado Corazón de Jesús de Betharrám

 

 

El relato que la liturgia nos regala hoy es un relato que tiene un simbolismo muy grande pero una vigencia aún más grande en cuanto al mensaje que nos quiere transmitir. Podemos identificar los signos: el mar, origen de todo mal, oscuridad, tiniebla y pecado, bien propio de la cultura judía; la barca es la Iglesia, la comunidad cristiana, la asamblea de los creyentes; Jesús, el Hijo de Dios que tiene el poder verdadero de poder poner el pie sobre el mal y Pedro con los discípulos, imagen de los seguidores de Jesús.

 

Toda la escena es interesante. El mar bravío, es decir, las crisis, las vicisitudes de la vida, las tentaciones, el ansia de poder, la Cultura de la Muerte se ciernen sobre la barca de la Iglesia. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre les sale al encuentro, caminando sobre las aguas, es decir, pisando el mal.  Pero lo primero que sienten los discípulos es la presencia de un fantasma y se quedan cegados por la bravura del mar y la tempestad. Hacen oídos sordos a lo que les dice Jesús: “Soy Yo, no tengan miedo”.

 

No hay peor cosa para una comunidad cristiana que vivir dominados por el temor y el miedo. El miedo paraliza y no deja crecer. No nos deja expresarnos en la originalidad ni en la verdad de los que somos, esperamos y creemos. Nos enturbia la mirada. Nos hace ver cosas que no son. Nos confunde. Nos hace retacear la vida y guardárnosla celosamente como algo que no queremos poner en juego, arriesgar e incluso perder. Si Jesús pisa sobre las aguas es que vence el miedo y el temor.

 

Sin embargo a los de la barca les cuesta fiarse de la Palabra de Jesús. Siguen enroscados en sus propias cosas, en sus miedos, en sus preocupaciones, con el ansia de pensar cada uno en sí mismo y perder la noción colectiva de comunidad. Pareciera ser el triunfo del “sálvese quien pueda”. Pedro sin ver demasiado claro va a Jesús, pero se hunde. Ojo. Pedro no teme porque se hunde sino todo lo contrario: se hunde porque teme. Porque no se fía de la Palabra de Jesús. Porque no termina de confiar. Porque todavía no ha puesto del todo su confianza en la persona de Aquel que ha venido para que tengamos Vida y Vida en abundancia. 

 

Es lo que nos pasa en nuestras iglesias y comunidades. Muchas veces creo que el gran mal de la Iglesia Católica es nos hemos olvidado de Jesús, el carpintero y judío marginal de la Palestina del siglo I y lo hemos reemplazado por una versión más edulcorada, más a nuestra medida. Y lo peor de todo es que van dos mil años y todavía nos cuesta creer. Todavía no hemos puesto en Él todo nuestra vida y nuestra confianza. Pasa en comunidades donde nos enroscamos con el chisme, el comentario, o el qué dirán, donde la ropa que llevo puesta es más importante que la dignidad de la persona y encima ponemos de manifiesto lo que nos divide, nos separa, nos distancia. Y le damos lugar al temor, al miedo, a la duda, a la incertidumbre.

 

Por eso es que el evangelio de hoy es una oportunidad única para espejarnos de nuevo en esa barca que es la Iglesia, sacudida terriblemente desde fuera y temerosamente dividida desde dentro, a la que le sale al encuentro el único que puede vencer el poder del mal, la oscuridad y el pecado. Hoy más que nunca es una invitación a renovar la fe en nuestra vida y en nuestras comunidades en la Palabra de Jesús, para permanecer fieles frente a las tentaciones de la vida y las arremetidas de la Cultura de la Muerte en nuestro mundo actual. Hoy es tiempo de confiar una y otra vez en Jesús, que no defrauda, para que no nos gane el temor y nos hundamos, sino que pisemos fuerte con la gracia del poder de Jesús todo aquello que por ser muerte nos separa del Plan de Amor soñado y querido por Dios para los siete mil millones de personas que caminamos a diario los caminos de este mundo.

 

Que tengas un hermoso domingo lleno de la fe en Jesús que nos hace siempre el aguante hasta el final. Te abrazo fuerte en el Corazón de Jesús y será si Dios quiere, hasta el próximo evangelio.         

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