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Ante el Día del Maestro

Todas las conmemoraciones especiales no son más que grandes ocasiones para detenernos a pensar sobre cuestiones importantes que, debido al día a día, olvidamos con facilidad.

 

Podríamos detenernos en por qué celebramos este día, y hablar de Sarmiento y su interés por la educación, o bien podríamos aprovechar este momento para recordar en qué consiste ser maestro (y por ende, en qué consiste ser alumno). La primera opción es tal vez la más conocida por todos, pero no tanto así la segunda. Así que lo mejor será reflexionar, aunque sea brevemente, sobre este punto.

 

¿Quién es el maestro? Es aquel que ha elegido -o mejor dicho, ha descubierto que tenía el llamado a- educar. Y ¿qué es educar? Etimológicamente quiere decir “sacar afuera, extraer”. ¿Extraer qué? La riqueza escondida en los alumnos. ¿Qué tipo de riqueza? Las potencialidades, todo lo que uno puede llegar a ser y tiene escondido, todo aquello que Dios nos dio a cada uno y que es nuestra misión realizar.

 

Si el maestro es el que saca afuera la riqueza escondida de lo que Dios nos dio, entonces podemos concluir que el maestro es un colaborador de Dios, porque con su tarea coopera para que seamos más humanos y realicemos el sueño que Él tiene para cada uno. Si el maestro es el que trabaja con la riqueza del hombre, quiere decir que se le confía lo más valioso que existe después de Dios, ya que la segunda cosa de mayor valor que hay es lo más parecido a Él, y eso es el hombre, puesto que es el único que fue creado a Su imagen y semejanza.

 

También podemos descubrir quién es el maestro si nos detenemos a ver quién es el alumno. Etimológicamente, “alumno” vendría a ser “alimentado”, puesto que viene del verbo “alere”, que quiere decir “alimentar, hacer crecer”. Si el alumno es el alimentado, entonces el docente, el que enseña, es el que alimenta. Ahora bien, si el alumno es el que necesita ser alimentado, quiere decir que tiene hambre. Pero ¿hambre de qué? Todo hombre tiene hambre de vida (todos queremos vivir una vida que valga la pena, una vida llena de sentido, una vida plena), hambre de verdad (nadie quiere vivir en la mentira, sino en lo que realmente es), hambre de bien (tenemos un gran rechazo natural al mal, a todo lo que nos perjudica o daña), hambre de belleza (a nadie le gusta lo feo, del tipo que sea), hambre de justicia (no podemos tolerar las situaciones donde reina la injusticia), hambre de conocimiento (por eso lo primero que hacen los bebés es preguntar “¿qué es eso?”) y hambre de amor (podemos tener todo en la vida, pero si no somos amados ni amamos, no podemos vivir). En el fondo, todo hombre tiene hambre de Dios, puesto que Él es la Vida, la Verdad, la Bondad, la Belleza, la Justicia, la Sabiduría y el Amor. Entonces, cuando el docente realmente satisface alguna de estas “hambres” del hombre, le transmite a Dios, aunque no lo sepa. Y aquí vemos, nuevamente, cómo el docente es un colaborador de Dios.

 

Recordar qué es un docente conlleva recordar, entonces, que uno no está trabajando solamente “para un colegio”, o para un jefe particular, sino que está trabajando para el mejor Jefe que un hombre puede tener: Dios mismo. Y esto nos genera una gran alegría: si Dios es el mejor Jefe, quiere decir que es el más paciente, el que más nos comprende, el que más nos ayuda si no podemos, el que más nos perdona si fallamos, el que más nos quiere.

 

Si tenemos un Jefe así, y encima nos confía lo más hermoso y valioso que Él hizo, podemos decir que tenemos uno de los mejores trabajos que existen.

 

Pero la belleza del trabajo no quita la gran responsabilidad que implica. De hecho, si este es uno de los mejores trabajos, los errores que se cometan en él serán de los peores errores que uno puede realizar. Si trabajamos con algo muy valioso, tenemos que ser muy cuidadosos, porque por lo general, lo más valioso suele ser lo más frágil. Además, no respetar algo siempre implica no respetar a su creador. Así como dañar el David de Miguel Ángel sería como dañar al mismo Miguel Ángel, puesto que su obra lo refleja, “habla de él”, de la misma manera dañar el corazón del hombre es atentar contra Dios, ya que todo hombre es un sueño de Dios hecho carne, y -como dijimos más arriba- fue creado a su imagen y semejanza.

 

En esta época de grandes confusiones de vocabulario, donde las palabras parecen estar vacías de su contenido, traer a la memoria en qué consisten las cosas es de gran importancia. Debemos recordar que educar consiste más en sacar que en meter, y que estamos llamados a ayudar al hombre a realizarse. Esto significa dirigirnos no sólo a su mente sino también a su corazón (no somos sólo nuestra cabeza), y eso sólo puede hacerse desde el propio corazón: Cor ad cor loquitur, decía John Henry Newman (“el corazón habla al corazón”). Por último, debemos recordar que somos colaboradores de Dios, y que eso implica un hermoso don y una gran tarea. Recordar a qué estamos llamados es el primer paso para poder hacerlo bien.

 

Que podamos, entonces, responder a Dios como Él lo desea. Pero sólo podremos hacerlo si estamos cerca de Él. Si el empleado no escucha al Jefe, corre el riesgo de hacer su propia voluntad en lugar de la del Superior. Abrámonos entonces a Dios: Él nos enseñará a educar. Confiémosle nuestra tarea, y los corazones que nos fueron confiados. Tomados de Su mano, todo es más fácil.

 

Feliz día para todos los maestros.

 

Juan Francisco Suárez
2017

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