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La Importancia de ser Adorador

San Juan María Vianney, un gran sacerdote predicaba lo mismo cada domingo, y eran sólo dos líneas: “Si sólo supieras cuánto Jesús te ama en el Santísimo Sacramento, te morirías de felicidad”. Después señalando el Sagrario, agregaba “JESÚS ESTÁ REALMENTE AHÍ”. Así de simple es, porque incluso en la magnificencia de su divinidad diariamente vine a nosotros Él mismo, en gran humildad, desciende del trono de su Padre para posarse en la manos del sacerdote y entregarse nuevamente por nosotros. Y así como se mostró a los santos apósteles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan y vino sagrado.

 

Puede que sea difícil de creer a veces, sentir su presencia no es una tarea sencilla sobre todo si uno está cansado o abrumado por las circunstancias de la vida cotidiana. Pero es cuestión de fe, fe en que a pesar de que no lo veamos nos lo mostrará, porque no hay esfuerzo que en Su Nombre no tenga frutos y ¡fe en que el Santísimo Sacramento es realmente la persona de Jesús, acá con nosotros, en este mismo lugar y en este mismo momento! Con cada visita y en cada encuentro que hacemos ante su Santa Presencia, uno es transformado más y más a imagen y semejanza de Cristo. Porque el Santísimo Sacramento es el fuego del Amor Divino. Y así como el fuego se expande y en su camino convierte todo en fuego, así uno es renovado en la gloria del Padre.

 

Muchos dirán que “sí” creen en la Presencia Real. Pero la fe es mucho más que una aprobación intelectual, ésta debe ser acompañada por nuestras acciones. Si creemos que Jesús está presente en el Santísimo Sacramento, entonces nos comportaremos de acuerdo a nuestra creencia. Vamos a ÉL, nos acercamos a Él, corremos hacia Él. ¿Si pudieras verlo como realmente es no irías apresurado a verlo? Todo el mundo lo visitaría día y noche, sería una locura de gente entrando y saliendo. ¿Pero no le diría Jesús a cada uno, lo que le dijo al apóstol Tomás? “Porque has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”. Él quiere que vayas a Él por la fe, para que por toda la eternidad te llame: DICHOSO.

 

Sus llagas en el Santísimo Sacramento ya no son horribles, son ahora la belleza del paraíso, brillan más gloriosamente que el Sol. Estas llagas son fuente de gracia. Jesús quiere darte la plenitud de éstas, por venir a Él por la fe. Con todo el mérito, toda la gloria, la belleza y el amor salvador que emanan de ellas. En su transfiguración, hay una explosión de energía divina que libera el poder de Su Amor y renueva la faz de la tierra, en él todas las cosas se hacen nuevas, pero esta energía poco puede hacer si la gente no se acerca a Jesús. Quiere nuestro permiso y compromiso para hacer las grandes obras que Dios tiene pensado para nosotros.

 

Eligió la muerte en la cruz para que pudiéramos tener la plenitud de Su Vida en el Santísimo Sacramento. Él eligió el odio para que podamos llenarnos de Su Amor. Eligió ser herido al punto de ser desfigurado para que podamos ser sanados a la perfección. Si supiéramos el valor de una hora santa, nunca dejaríamos pasar un solo día sin hacerla, cada momento que pasamos con Jesús en la tierra hace que nuestras almas sean más gloriosas y más bellas en el cielo por toda la eternidad.

 

Un día cuando Santa Margarita María estaba orando Jesús se le apareció en el Santísimo Sacramento y le dijo: “He aquí este Corazón que ama tanto y, a cambio, es tan poco amado”. Le explicó que las espinas alrededor de Su Corazón eran un símbolo de dolor que sufre por la ingratitud de Su pueblo hacia Su Amor en el Santísimo. Luego Jesús le manifestó que Él sufría más por esta indiferencia e ingratitud, que lo que sufrió durante su Pasión.

 

Lo que se encuentra en la capilla de adoración es el Sagrado Corazón de Jesús en medio de nosotros. Hoy, Él llora como lloró por Jerusalén. ¡Cuánto desea Él reunir a cada uno de sus hijos en Su Corazón, así como la gallina reúne a sus pollitos debajo de sus alas!

 

 

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