Llamados a la felicidad

“Dicen que son hombres felices aquellos que nacen con buena estrella. Nosotros más bien diríamos que hombres felices son aquellos que permanecen fieles a su estrella. Porque todos nacemos con buena estrella: la estrella de nuestro destino, de nuestra vocación. Y esa vocación que Dios nos ha dado, no lo dudemos, es una vocación para la felicidad. Dios está más empeñado en nuestra felicidad que nosotros mismos.” (Rafael Llano Cifuentes) A veces la rutina o la velocidad de la vida no nos permite detenernos, por lo que este año nuevo que empieza es una nueva oportunidad para volver a mirar nuestra vida en profundidad. Primero, para poder descubrir nuestra propia estrella, la de cada uno. Estamos acostumbrados a definir a la persona como un ser “único e irrepetible”.

 

¿Eso hace eco en mi vida personal? ¿Me doy cuenta de que eso quiere decir que la misión que yo tengo en la vida es única, y de nadie más, y que mi vida tiene un valor insustituible? ¿Cuál es esa estrella para mí? Si todavía no hemos dado respuesta a estos interrogantes, sigamos buscando, ¡porque esas respuestas están! No nos cansemos nunca de buscar. Principalmente, esto nos pone frente a la realidad de que somos irremplazables y de que hemos sido creados por un Amor para el que somos totalmente únicos. “La propia vocación es la que hace de nuestra vida algo armónico, con sentido”. Cuando descubrimos nuestra vocación, nos empiezan a encajar las piezas del rompecabezas. Es descubrir para qué estaba yo en el mundo. Es lo que da sentido al pasado, contenido al presente e ilusión al futuro. Sea cual sea la vocación a la que Dios nos llame esta es, esencialmente, compromiso de amor. Miguel Ángel decía que “el amor es el ala que Dios ha dado al hombre para volar hasta Él”. Y mientras buscamos ese sentido más grande (¿cuál es mi vocación en la vida?), podemos responder a esas estrellas más cercanas, que Dios ha puesto en nuestro camino, para comenzar a transitar ese compromiso de amor... ¿qué certezas tenemos? Que Dios espera de nosotros ternura, estudio responsable, trabajo bien hecho, amistad leal, amor entregado, generosidad con nuestra vida y con nuestro tiempo, palabras de consuelo.

 

La fidelidad en lo de cada día, nos va preparando para esa vocación, para esa estrella. San Josemaría acostumbraba a decir que “fidelidad es felicidad”. La fidelidad a lo cotidiano es ya parte de la felicidad y nos prepara para una plenitud cada vez mayor. Podemos decirle, en este año nuevo que comienza, con todo nuestro corazón: “Señor, sé que tenés un plan para mi vida. Sé que desde antes de que mis padres pensaran en mí, vos ya me tenías en tu mente y en tu corazón. Te pido que me ayudés a crecer en el amor para estar disponible a esa vocación para la que he sido creado. Quiero amar más y mejor.

 

Quiero ser fiel en lo pequeño de cada día para que me podás confiar más. Te pido que me ayudés a encontrar esa vocación que me arrebate el corazón. Que me ayudés a decirte un Sí generoso, como María, para empezar a caminar en esa felicidad desbordante que vos tenés pensada para mí”.

0