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P Héctor Lordi | 12/03/2018 | 761 vistas

Jesús fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaúm. Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo. Jesús le dijo: «Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen». El funcionario le respondió: «Señor, baja antes que mi hijo se muera». «Vuelve a tu casa, tu hijo vive», le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino.

 

Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y la anunciaron que su hijo vivía. El les preguntó a qué hora se había sentido mejor. «Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre», le respondieron. El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y entonces creyó él y toda su familia. Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

 

 

Palabra del Señor

 

 

 

 

 


 P. Héctor Lordi sacerdote de la Orden de San Benito del Monasterio de los Toldos

 

 

 

 


Jesús en Caná, donde había hecho el primer milagro de convertir el agua en vino, hace otro «signo» curando al hijo del funcionario real de Cafarnaún. De nuevo aparece un extranjero con mayor fe que los judíos: «el hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino».


La marcha de Jesús hacia la muerte y la resurrección está sembrada de hechos en que comunica a otros la salud, la vida, la alegría. Vamos caminando hacia la Pascua. Pero no nos pongamos en el centro. No somos nosotros los protagonistas de lo que quiere ser esta Pascua. No somos nosotros los que nos salvamos con nuestros esfuerzos. Dios es el protagonista, es El quien tiene las riendas. Es Dios quien actuó con su Hijo Jesús, cuando lo sacó del sepulcro. También es El quien quiere llevar a cabo con nosotros y en nosotros una nueva creación. Es Dios quien desea que esta Pascua sea una verdadera primavera para nosotros, incorporándonos a su Hijo. Porque «el que está en Cristo es una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo”. Dios quiere en esta Pascua hacernos hombres nuevos.


Jesús nos quiere devolver la salud, como al hijo del funcionario real, liberándonos de toda tristeza, de toda esclavitud, y perdonándonos todas nuestras faltas. Si tenemos fe se producirá un cambio. Si tenemos fe Dios va a actuar. Tenemos que acudir a El y abrirnos con confianza. Vayamos con alma de pobre si queremos de veras que nos cure. Cada uno sabe de qué enfermedad nos tendría que curar. Presentemos nuestra enfermedad física, moral o espiritual, y dejemos que nos llene de su vida. Jesús nos quiere renovar en esta Pascua, nos quiere vivificar.


Cuando nos disponemos a acercarnos a la mesa de la eucaristía decimos siempre una breve oración llena de humildad y confianza: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». Es la misma actitud de fe del funcionario del evangelio de hoy. Y esa debe ser nuestra actitud en este caminar hacia la Pascua. Nadie es digno, pero acudamos con confianza. Su palabra es viva y eficaz, es creadora y también sanadora y salvadora. Nos recrea, nos sana y nos salva. Que en esta Pascua todos seamos recreados, sanados y salvados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

 

 

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