Evangelio del Día


Evangelio según San Mateo 6,7-15

reflexión

Evangelio según san Marcos 3, 20-35

P Sebastián García | 10/06/2018 | 5.543 vistas

Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado».Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios».Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: «¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.


Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre». Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».


Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera».


Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

 

 



Palabra del Señor

 

 

 

 


P. Sebastían García sacerdote de la congregación Sagrado Corazón de Jesús de Betharam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Espiritualidad y mística son dos conceptos que a veces nos pueden parecer extraños o “saber a viejo”. Lo cierto es que hoy están más vigentes que nunca. Y esto es lo que evidencia el evangelio de hoy.

 

Tiene como dos partes fundamentales: una primera en la que se habla de Jesús como poseído y Él aprovecha para empezar a predicar el Espíritu Santo; y una segunda en la que se nos dice quiénes son los verdaderos familiares de Jesús.

 

Lo primero se relaciona directamente con la espiritualidad. Porque cuando se hace referencia a la espiritualidad se hace referencia nada más no nada menos que a la vida según el Espíritu. Eso es lo que nos deja de manifiesto la Palabra de hoy: la dimensión espiritual de la vida de todas las personas. Porque es justo decir que todas las personas están llamadas a desarrollar, a desplegar y a descubrir la dimensión espiritual de su vida. Esto es, saber que existe un más allá, que no todo es materia, que no todo se mide, se calcula, se manipula; hay cosas que trascienden la inmanencia del mundo en el que vivo, en el que vivimos. Por eso Jesús nos previene de ese pecado contra el Espíritu: será pecar no descubrir desde el fondo de mi corazón dimensión trascendente de mi vida y de la vida de todos y cada uno de mis hermanos, independientemente de su raza, color, creencia o fe. Ser personas espirituales no es rezar todo el día como loros, sino más bien vivir en el permanente discernimiento del Espíritu que no se nos impone como destino universal a aceptar fatídicamente, sino como insinuación suave al corazón para poder comprender la realidad, ver al otro, generar empatía, mirar las cosas desde otra óptica, desde otro lugar, desde otra perspectiva. La espiritualidad no es encerrarse a oscuras en un cuarto oscuro, sino poder discernir en lo diario, común y cotidiano de cada día cómo actúa Dios y a qué nos llama. Dejarnos impulsar por el Espíritu, eso es la espiritualidad. La espiritualidad católica será la de abrir el corazón a los soplos del Espíritu que me llevan a poner el pie en la misma huella que Jesús de Nazaret, y vivir radicalmente como Él, tener sus sentimientos, adherir plenamente a sus convicciones y hacerlas mismas, juntarme en comunidad a compartir la vida, celebrar la fe y hacer del amor la única manera posible de vivir y relacionarme en este mundo.

 

Por eso se vuelve propuesta. Lejos de lo que podemos pensar, movidos por los prejuicios, todo hombre tiene sed de Dios, de trascendencia, de eternidad. Claro que no todos lo viven de la misma manera. Para algunos Dios es el Dinero, la garantía de seguridades, el ganar bien y tener un buen puesto en el laburo, casa grande, jardín y pileta. Para otros será el goce desenfrenado del sexo y la buena vida, para otros el “buen vivir” de manjares en manjares, para otros será aferrarse al propio yo. Para otros será la competencia desencarnada para pisar cabezas y llegar a tener el reconocimiento de ser el “número uno”, otros manejarán sin discreción la moda y serán otros tantos los que vayan detrás de la última novedad, del último celular, de las últimas zapatillas, de la última camperita. Otros querrán un país narcotizado a costa de “soldaditos narco” para que la única salida visible sea entrar en el mundo de la falopa. Y así narcotizar conciencias. Para otros será ejercer funciones y ministerios públicos no para estar al servicio del Pueblo sino para hambrear, marginar, empobrecer y sacar provecho de los más pobres. Ellos también necesitan urgentemente que se les anuncie la espiritualidad de Jesús, el vivir según el Espíritu, que hace nuevas todas las cosas y nos lleva a romper la caparazón de la inmanencia y nos arrastra con los deseos del corazón a dejar todo eso atrás y luchar por un mundo digno de ser vivido.

 

Y a partir de todo esto brota lo segundo: todo el que quiera vivir como Jesús es su hermano, su hermana y su madre. Ya estamos en un lenguaje que supera la sangre. Lo que nos hace familia no es la sanguinidad de nuestros lazos sino que somos todos hermanos en Jesús. Todos. Es decir. La mística cristiana es una mística –manera de vivir la espiritualidad- encarnada en el mundo y no escapándonos de él. Es mística de todos y para todos. Es mesa abierta y tendida. Es vino y pan que se parte y se reparte sin que nadie se quede sin lo suyo. es mesa redonda, donde no hay puestos de primera y de segunda. No hay privilegios. No hay quienes están más cerca y otros que no. No están los que “siguen a Jesús más radicalmente” y los otros. No hay otra jerarquía que la de la fraternidad hecha amor. Muy parecido a la Eucaristía, ¿no?

 

Que tengas un lindo domingo lleno de la espiritualidad y de la mística de ojos abiertos de Jesús de Nazaret. Hasta el próximo evangelio.

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