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P Héctor Lordi | 09/07/2018 | 678 vistas

Se presentó ante Jesús un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá». Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: «Con sólo tocar su manto, quedaré curada». Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado». Y desde ese instante la mujer quedó curada. Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: «Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme». Y se reían de él. Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.

 

 

 

Palabra del Señor

 

 

 

 

 


P. Héctor Lordi sacerdote de la Orden de San Benito del Monasterio de los Toldos

 

 

 

 

 

 

 


Estamos ante dos milagros de Jesús intercalados el uno en el otro. Por un lado un hombre le pide a Jesús que devuelva la vida a su hija muerta, y por otro una mujer con hemorragias queda curada al tocar los flecos del manto de Jesús. Ambas personas se le acercan con mucha fe y obtienen lo que piden. Jesús es superior a todo mal, cura enfermedades y libera incluso de la muerte. En eso consiste el Reino de Dios, la novedad que el Mesías viene a traer: la curación y la resurrección. Jesús sana y salva.


En el evangelio de hoy tanto en el alto jefe como en la mujer enferma se destaca una gran fe. La mujer con hemorragias queda sanada por Jesús por su gran fe en su poder sanador. Con solo tocar el manto de Jesús se sanó. Y el jefe va con mucha fe ante Jesús para pedir por su hija que murió para que le devuelva la vida. Va con convicción que Jesús podía resucitarla. Tiene una gran fe en Jesús que es el Señor de la Vida. Jesús se autoproclamó como la resurrección y la vida: el que cree en mí aunque muera vivirá. Jesús a la chica muerta la tomó de la mano y la levantó a la vida.

 

Resucitar y levantar tienen la misma raíz. Jesús también nos tomó de la mano a nosotros que estábamos muertos por el pecado, y nos hizo levantar a una vida nueva. Esa vida nueva la hemos comenzado en el bautismo, si bien no éramos conscientes todavía al ser pequeños, con los años nos vamos concientizando de esta realidad. Vamos despertando a la conciencia de que Cristo nos regala una vida nueva. Tratemos de caminar en su presencia en esta vida nueva que él nos regala. El pecado nos lleva a la muerte, y un pecado grave es el odio. Dice san Juan que el que odia a su hermano es un homicida. Amar es caminar en la luz y en la vida, odiar es caminar en la tiniebla y en la muerte.

 

Nosotros somos hijos de la luz. Caminemos en la luz del amor, un amor que se manifiesta en el trato respetuoso y delicado a los demás, en el servicio alegre, en la solidaridad generosa. El amor es hacer el bien sin mirar a quien. Cuando hacemos el mal a alguien nos dejamos arrastrar por el pecado. El bien que hacemos nos vuelve en bendición y alegría, y el mal que hacemos nos vuelve en maldición y tristeza. Vivamos la vida nueva que Jesús nos regala. Esto se muestra sirviendo con alegría, rezando con fervor y amando con transparencia. Que Dios nos renueve el corazón para amar con un amor nuevo.

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