Evangelio según San Juan 6, 24-35

P Sebastián García | 05/08/2018 | 852 vistas

Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»

 

Jesús les respondió: «En verdad, en verdad les digo: usdtedes me buscan, no porque han visto señales, sino porque han comido de los panes y se han saciado. Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello.» 

 

 

Ellos le dijeron: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» Jesús les respondió: «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.» Ellos entonces le dijeron: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer.» 

 

Jesús les respondió: «En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.» 

 

Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.

 

 

 

 

Palabra de Dios

 

 

 

 


P. Sebastián García sacerdote del Sagrado Corazón de Betharram

 

 

 

 

 

 

El texto de la Palabra de hoy es continuación del evangelio de la semana pasada. La multitud que estaba como oveja sin pastor, recibe la enseñanza de Jesús y sacia su hambre gracias al milagro del compartir y destrabar corazones encerrados en sí.

 

Jesús escapa porque lo querían hacer rey, pero la multitud lo sigue buscando y lo sigue. No tiene muy en claro porqué, pero hay algo en el corazón de cada varón y de cada mujer que palpita al ritmo del corazón de ese judío marginal que les ensenó el escándalo del compartir. Muy parecido a nuestra época, en la qu8e millones de personas buscan a Dios de corazón y con corazón noble, algunas dentro de las iglesias y otras fuera de ellas. Hoy creo que en el mundo hay un hambre muy grande de Dios. No tanto de instituciones religiosas o religiones; sí de trascendencia y de Dios. Como hombres, varones y mujeres, buscamos algo “más allá” de nosotros mismos que pueda saciarnos el hambre que tenemos de eternidad, de trascendencia, de Dios, de humanidad que se resiste a que las cosas mueran acá sin más.

 

Por eso el centro del evangelio de hoy radica en la palabra de Jesús: «La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado». Es decir, de alguna manera, Jesús nos revela que el hambre material y espiritual que tenemos todos los varones y mujeres sólo puede saciarse en una sola obra: creer en Jesús.

 

Es interesante porque Jesús no habla de una cantidad enorme ni innumerable de cosas que tenemos que hacer para poder saciar el hambre y la sed que nos habita en el fondo de corazón a cada uno de nosotros. Es decir, la clave no pasa por ‘hacer muchas cosas” sino por “dar cumplimiento a una sola obra” Y esa obra es creer en Jesús. Creer en el Enviado, el Ungido, el Hijo predilecto, el Cordero de Dios, el obrero pobre, el hijo de María y de José, el amigo de Pedro, Santiago y Juan. La clave para poder saciar el hambre que todo el mundo tiene de Dios sólo puede saciarse en el Corazón de Jesús. Allí está la fuente donde brota todo lo demás y todo el amor y la belleza capaz de salvar al mundo.

 

Y hace falta rescatar esa dimensión de adhesión personal que implica el acto de fe en Jesús: no sólo creer lo que Él revela, sino también creerle a Él que nos lo revela. La fe pasa a ser relación personal con la persona de Jesús. Es el don de Dios por el cual ponemos en el Corazón de Jesús todo lo que somos y nos pasa, todo lo que cargamos, todo lo que nos angustia y nos alegra, nos motiva y nos tira para abajo, lo que nos llena de esperanza y aquello que la amenaza.

 

De allí nace la experiencia de Jesús. Porque Jesús no es una idea, ni una convicción personal, ni una ideología de moda, ni una persona destacada del pasado, ni la proyección de las necesidades de toda la humanidad. No. Jesús es una persona con la que me puedo relacionar, hablar, escuchar, sentir. Entonces creer en Jesús ya no será “imitar” o “copiar” o “pensar qué haría” sino un compromiso fiel y duradero de relación personal y comunitaria con el Hijo único de un Dios empedernido de amor. Creer en Jesús, será creerle a Jesús, relacionarnos personalmente y seguir, amar, sentir, trabajar, andar, abrazar, mirar, compadecernos, perdonarnos como Él. Será ser seguidores del camino, para identificarnos plenamente con Aquel que hace nuevas todas las cosas. Creer en Jesús es dejarnos cautivar por su persona y su mensaje; seguir sus huellas y hablar su mismo lenguaje; dejarnos encontrar y gritar su amor a todos los demás; dejarnos amar por Él y dar testimonio de esto no con palabras sino con obras concretas a un mundo que no descree de Dios pero sí de sus mediaciones y ser nosotros puente que haga que muchos de nuestros hermanos, sedientos de Dios y de sentido de la vida, se encuentren con Él y hagan esta misma experiencia de humanidad y santidad. Porque en Jesús, Dios y el hombre permanecen unidos en un abrazo eterno, donde todo lo humano se diviniza y todo lo divino se humaniza.

 

Creer en Jesús es fiarse de la Palabra que Él nos ha dado, retomar la experiencia de discípulos, aflojar el corazón, seguir sus huellas y andar tras sus pasos, retomando el Evangelio y sabiendo que lo único que nos pide es que creamos en Él para poder salir de nosotros mismos y nuestra zona de confort para encontrarnos con los demás, ser y hacer Iglesia y anunciar más con obras que con palabras que un mundo nuevo vale la pena ser construido, para en todo amar y servir, para que el mundo sea un lugar más digno de ser vivido, donde no se posterguen más los derechos de tantas víctimas. En definitiva, para dejar la Casa Común en mejores condiciones en que la encontramos.

 

Que tengas un lindo domingo lleno de fe en Jesús, fe que no defrauda y hace nuevas todas las cosas.

 

 

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