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Evangelio según San Mateo 15, 21 - 28

P Matias Burgui | 08/08/2018 | 1.253 vistas

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: "Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo." Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: "Atiéndela, que viene detrás gritando." Él les contestó: "Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel." Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: "Señor, socórreme." Él le contestó: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos." Pero ella repuso: "Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos." Jesús le respondió: "Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas." En aquél momento quedó curada su hija.

 

Palabra de Dios

 

 

 

 


 

P. Matías Burgui, sacerdote de la Arquidiócesis de Bahía Blanca

 

 

 


En este miércoles 8 de agosto compartimos el evangelio de mateo, capítulo 15, del 21 al 28. La palabra nos muestra este encuentro de Jesús con una mujer que se acerca para pedirle por su hija. Meditemos algunas actitudes que podemos llevar a nuestra propia vida de fe y a nuestro día a día.


En primer lugar, animate a interceder.


Vemos a esta mujer pagana que se acerca a Jesús, una mujer que estaba muy preocupada por el sufrimiento de su hija, de lo más valioso que tenía. Vos fijate qué linda esta actitud: el acercarse al Señor para pedir por otro. Seguro que tu oración tiene mucho de esto, pedir por la gente que queremos, que tenemos cerca, por la gente que uno ama. Eso se llama intercesión y es una oración muy fuerte, porque la motivación es el amor. Así que nunca desconfíes o dudes del poder de la intercesión: Dios siempre escucha la súplica confiada. Nunca te canses de pedir por los demás porque seguramente hay alguien que pide por vos.


En segundo lugar, aprendé a postrarte.


Dice el evangelio que esta mujer se postró. Creo que muchas veces en nuestra oración nos falta eso. Nos falta más rodilla frente a Jesús. Y no estamos hablando de la actitud física, eh, sino más bien de un postrarnos espiritualmente. Quien se postra reconoce que quien tiene delante es más grande, quien se postra es humilde y reconoce que solo no puede, quien se postra, aprende a confiar. Por eso, ¿cómo está siendo tu oración? ¿Estás reconociéndote necesitado de Dios o pensás que cuando rezás le estás haciendo un favor al Señor?


Por último, perseverá.


Otra actitud de esta mujer era que gritaba. Le gritaba a Jesús: “¡Ten piedad de mí!”. No se callaba, pero no imponiendo, sino insistiendo. La súplica de esta mujer estaba llena de perseverancia. Es algo que tenemos que imitar: no cansarnos de orar. A veces no vemos frutos y bajamos los brazos. Pensamos que Dios no nos escucha, que no puede obrar en nuestras vidas. Muchos no conocemos lo que Dios puede hacer. A veces, como en el evangelio de hoy, Dios aparece como sordo, pero permite esto para que vos aumentes tu fe y perseveres. Hermano, hermana, aunque no veas resultados, aunque parezca que Dios no te escucha, perseverá. Mirala a santa Mónica, que oró treinta años hasta que su hijo se convirtió. Por eso qué lindo lo que dice el Señor: “Qué grande es tu fe”. Rezá siempre, porque Dios sigue ahí. Que tu fe sea constante en el seguimiento de Jesús.


Que tengas un buen día, y que la bendición de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo te acompañe siempre. Amén.

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