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Mi travesía hacia la maestría del YOYO

Examen de Fin de Año

 

Me gustaría recordarles a ustedes aquella parábola que Cristo contó a  sus contemporáneos. Aquella en la que se habla de un gran señor que se marchó de viaje y que al hacerlo entregó a sus administradores, cinco, dos y un talento para que negociasen con ellos, recordándoles que les pediría cuentas a su regreso.

 

Se la recuerdo porque esos talentos son el tiempo que Dios nos da a cuantos vivimos. Durante el año que se cierra nos dio a cada uno de nosotros 365 días, 365 talentos. Y hoy que este año se cierra podría preguntarnos, a cada uno de nosotros, qué fruto hemos sacado de ellos.

 

Tal vez muchos estarán pensando que ellos no mancharon esos 365 días haciendo daño a alguien o volviéndose contra Dios. Pero a éstos habría que recordarles que el Señor de la pará­bola castigó a quien devolvió entero y limpito su denario, por­que lo que Dios esperaba era que con ese denario, con esos 365 días, produjéramos fruto.

 

¿Lo han producido los nuestros? ¿A cuántos hemos amado y ayudado? ¿A cuántos hemos contagiado nuestra fe? ¿Ha cre­cido el reino en nuestras manos? ¿Hemos avanzado en nuestra alma?

 

Amigos míos, el cristianismo es algo positivo. El Pueblo de Dios es algo que tiene que crecer y que avanzar. ¿Si gracias a nuestro trabajo no crece el amor y disminuyen las injusticias, para qué somos cristianos?

 

 

Dejadme por eso que os diga que el día 31 de diciembre no es el día de la locura, que no nos disfrazaremos poniéndonos una nariz de payaso y un gorrito de colores. El 1 de enero es el día del examen de conciencia, es el día de la responsabilidad, el día de mirar nuestras manos y preguntarnos si salen vacías de estos 365 días.

 

Pero es también el día de la esperanza. Porque Dios es un Padre que el 1 de enero empezará a poner en nuestras manos un nuevo talento de otros 365 días. Y los cristianos nunca debemos mirar atrás para convertir­nos en estatuas de sal. Tal vez hayamos perdido o medio per­dido el año que concluye. En ese caso hay que pedirle a Dios perdón con sencillez por nuestra cobardía y, luego, en seguida, preguntarnos cómo vamos a aprovechar este nuevo talento que nos dan.

 

El futuro es lo que importa. El año nuevo puede ser un gran año. Debe ser un gran año. ¿Y cómo será un gran año? Lo será, en primer lugar, si lo vivimos despiertos, si no nos limitamos a dejarnos vivir, si tomamos hoy mismo la decisión de que al concluirse el nuevo año no deberemos estar tan vacíos como tal vez nos sentimos respecto del año que termina.

 

El año que va a empezar tendrá que ser un año lleno. ¿Lleno de qué? De amor y de alegría. De eso llenó sus años Jesús cuando vivía entre nosotros. Por eso la gente decía de Él que «pasó haciendo el bien». Por eso al morir pudo decir con justo orgullo que «todo estaba consumado».

 

Por eso, en estos días en que todos os desearán un «Feliz año nuevo», yo voy a desearos un «Feliz y lleno año nuevo». ¿O tal vez ser feliz y estar lleno es lo mismo? Sí, lo es: seréis felices si estáis llenos. Seréis desgraciados si estáis vacíos. Y la verdad es que no valdría la pena que nos dieran un año nuevo para que lo perdiéramos y fuéramos en él, además de inútiles, desgraciados.

 

 

José Luis Martín Descalzo

 

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